lunes, noviembre 07, 2005

La Regine de Aluminios El Mono

A sabiendas que la plaga es una luciérnaga errante por los arrabales de Santiago, una luminaria peligrosa que reemplaza el entumido alumbrado de sus callejones. La mortecina penumbra que apenas deja ver la miseria de trapos, cartones y rastrojos de fruta donde patina el taco aguja de la Regine. La loca que da un tropezón medio borracha, medio mareada por el AZT que tanto cuesta conseguir. Y sin embargo llega de contrabando, o se consigue a mitad de precio con movidas brujas. El sagrado AZT, la bencina para prolongar un poco más la farra en vida del cuarto piso. El palacio de la Regine que siempre está en plena función, iluminado al rojo vivo por el neón de Aluminios El Mono. Así fuera una película del cincuenta, donde siempre hay una ventana y un luminoso que relampaguea entrecortando los besos, pintando las caricias con su fluorescente. Más bien, poniéndole precio a cada toqueteo con su propaganda mercantil. Y aunque el conventillo tambalea con los temblores, y las murallas rociadas de meado apechugan con el deterioro, la Regine se vive la resta de su estigma "Como si fuera esta noche la última vez". Como si en cualquier momento la película del cincuenta fuera a terminar con un adiós de la niña en la ventana. Y sólo quedara el neón de Aluminios El Mono tiritando en la pantalla para contar su historia.

Todo el barrio Mapocho conoce y ama la caminada de la Regine, cuando bolsa en mano culebrea entre los puestos de la Vega Central, justo al frente. Apenas cruzando la calle transpirada, igual que el pecho de los cargadores gritándole: Regine estoy verde. Regine esta noche. Regine no te mueras nunca, tocando la fruta con su mano de caracol, riendo y chachareando con las mujeres de tetas infladas como melones. Diciéndole: Tan flaca que está usted Regine. ¿Qué régimen está siguiendo?. Mire si ya no tiene ni poto. Llévese estas naranjas para que tome jugo y descanse. No le dé tan duro que los hombres no se van a acabar. Pero la Regine sabe que no es una dieta, ni son los hombres; es ella la que se acaba en cada risa, en cada talla que contesta aceitunada y coqueta mordiendo un damasco. Es ella la que se evapora, como el color de las guindas que cuelga de sus orejas. Es ella la que se aleja, confundida con los olores de canela dulce y orégano para la pizza que le gusta a su hombre.

Así, la Regine es reina de su contorno de marisquerías y pescados que tornasola con su encanto de sirena travesti. ¿Qué va a llevar princesa?. Le dicen los hombres con las manos llenas de escamas. ¿No le gusta este congrio colorado?. Mire está jugoso. ¿No quiere unos mariscos para la caña?. ¿O unos picorocos rosados para la mona de Aluminios El Mono que anoche le dieron frisca?. Hasta la madrugada se escuchó la música en el cuarto piso. Era la Palmenia Pizarro con su valsesito cruel, ese famoso "En vano quieres matar mi orgullo. No has visto ni verás llanto en mis ojos", murmuraba la Regine colgada de su milico cantándole despacito, soplándole la canción en las orejas morochas al pelao que dicen que tiene media bayoneta. "Y dicen que le hace pero no le hace, tan chiquitito y quiere casarse", con la loca porque lo tiene como un chiche. Ni su mamá le dejaba los calzoncillos tan blancos. A puro cloro, a puro resfregado le quitó el olor a pata al cabro que ahora se ve bonito y oloroso cuando le dan permiso en el regimiento. Cuando sale con la Regine a tomarse un helado en las tardes sofocantes de La Vega.

Fue el único que se quedó con ella después que se acabó la dictadura. El único pelao flaco que la Regine apadrinó como su amante oficial, después de pasarle lista a la tropa completa. A las hileras de conscriptos que entraban en su ano marchando vivos. Y salían tocados levemente por el pabellón enlutado del SIDA.

Eran camionadas de hombres que descargaban su pólvora hirviendo en el palacio de Aluminios El Mono. Noche a noche, había derrame para todos; cazuela de potos en la madrugada para la tropa ardiente. A toda hora, a media noche, al alba, cuando el toque de queda era una campana de vidrio sobre la ciudad, cuando algún grito trizaba esa campana y llovían balas sobre los habitantes. Cuando ese mismo grito empañaba el cristal en una gota de sangre. Solamente la luz del cuarto piso, era un faro para las patrullas cansadas de apalear gente en el tamboreo de la represión. Entonces el teniente a cargo de la patrulla, mandaba a un pelao donde la Regine a preguntarle si los podía recibir, si podían pasar un rato a descansar los chiquillos, que traían una botella de pisco y que ella no se preocupara. Pero la Regine igual se preocupaba. Y de la nada inventaba una sopa, un levanta muertos, como le decía a los caldos calientes que les preparaba a los milicos. Con harta cebolla y ajo, para que se les pare el carajo. Después, todos desfilaban por las piezas de las locas. Todos menos el Sergio; ese pelao sureño, negro como cochayuyo. Ese milico que se hacía el difícil diciendo que estaba cansado, que quería dormir, que prefería quedarse sentado en la escala, cagado de frío, tiritando diente con diente, antes que encularse a un maricón.

Era el único que no tomaba pisco y fumaba y fumaba con rabia, mascando el humo, llenando todo de humo para nublar los cuadros eróticos que desfilaban en los sillones de la Regine. Como si no quisiera ver, como si quisiera tapar con humo la capilla sixtina de la sodomía. Como si quisiera evitar la tentación de los culos rosados tragándose las bayonetas. Porque el Sergio nunca quiso hacer el servicio militar, odiaba a los milicos y estaba en esa sólo por obligación. Quizás por eso, repetía y repetía que estaba cansado, que por favor lo dejaran tranquilo las locas corriéndole mano, diciéndole ¿Por qué estai triste?. ¿Qué te pasa?. ¿Querís una chupá?. No lo dejaban en paz meneándole la cola, siguiéndolo a todas partes, hasta que la Regine gritó que lo dejaran de güeviar. Si no quiere, no quiere, no se dan cuenta. Hay un montón de pelaos pa regodiarse y ustedes molestando a este pobre cabro. Ni tan pobre, le contestó el Sergio mirándola de frente. Yo tengo conciencia. ¿Y qué es eso lindo?. La Regine, manos en caderas, con la bata china abierta mostraba un pezón plano. Tengo sentimientos. Pero esta es la casa del sentimiento corazón. Usted no entiende. ¿Y qué tendría que entender, Ah?. Las cosas que están pasando. ¿Qué cosas?. Yo veo que todo está bien. Yo estoy super bien. ¿No me encontrai regia?. La Regine amasaba su pezón afeitado. Le estoi hablando de otras cosas. Que cosas po, a ver dime. Al Sergio se le atragantó la voz, y no pudo contestar esquivando la punzante mirada de la Regine. Dime po, a qué le tenís miedo. Qué te pasa. Cuéntame, yo soy tumba. Venga, le dijo el Sergio arrastrándola hasta la ventana, hasta el alfeizar enrojecido por el neón de Aluminios El Mono. Santiago había desaparecido en un mar de alquitrán. A la distancia, resplandores de fogatas desahuciaban la noche protesta. Detonaciones, disparos y ladridos de perros, rompían el peso plomo del aire. ¿No se da cuenta?, preguntó el Sergio apuntando con los ojos el horizonte insomne por el tamboreo de la balacera. Suena bonito, dijo la Regine con tristeza, podríamos bailarlo. Pero no ando con tacos, y yo bailo sólo con tacos. Espérate un poco, voy y vuelvo. Y desapareció al tiempo que un bombazo cortó la electricidad dejando todo oscuro. En la casa las locas gritaron Viva Chile, anudándose calientes a los hombres protectores de la patria. No pasa nada, no pasa nada, gritaba el teniente, sobándole el lomo terso a una loca jovencita. Los terroristas mi teniente, que no dejan cu..., perdón, vivir en paz.

Pasadas las risas, el Sergio volvió a mirar la ciudad, esta vez más impenetrable en la ciénaga del apagón. La ventana había perdido su marco luminoso, y el neón apagado recortaba el esqueleto del mono sobre un cielo de tragedia. El ulular de una ambulancia lo sobresaltó en el momento que vio venir por el pasillo una claridad amarillosa. Una vela como aureola para la cara de la Regine, maquillada, con encajes negros y tacoaltos. Ahora sí bailamos, le susurró queda en la oreja, batiéndole la punta de la lengua en los pliegues cerosos. El Sergio se dejó lamer el oído para no escuchar los timbales de la pólvora. Dejó que esa succión, apagara los gritos de mujeres agarradas a los hombres que él arrastraba a culatazos hasta los camiones. Y él también se dejó arrastrar en la ebullición babosa de la Regine, para no escuchar el gemido del nylón al rasgarse las camisas de dormir de esas mujeres, que él separaba de sus familiares. Ahora, la punta de la lengua recorría su patilla y una mano empollaba sus colgajos viriles. La retiró brusco, pero dejó que la lengua de la Regine cosquilleara su mejilla. Porque era como la lengua de una perra que limpia las heridas de la noche, su gran abismo de cadáveres, aún vivos, lamiéndole las manos agarrotadas por el arma. Esa lengua tibia era un trapo mojado acunando el músculo tenso de la barbilla. Era un animal doméstico relajando el hueso mármol del pómulo, donde culebrea una lágrima. Una sola gota que se suelta de su apretado corazón. Una redoma que lo nubla y rueda lenta por su cara al encuentro de esa lengua que la sorbe. Como si la Regine se bebiera un sorbo de su pena, sin hablar, sin decir nada, sin siquiera emitir un sonido, la lengua parlanchina siguió dibujando la cara triste del Sergio. Como un pincel le dibujó la boca tajeada por la amargura. Su boca apretada que se dejó pintar por ese pájaro de saliva. Ese pincel salado que besó sus ojos y su frente. Y cuando estuvo más tranquilo, la Regine se despegó del cuerpo del Sergio con la mirada húmeda, esquivando las pupilas de ese hombre, que en la negrura seguían brillando. Está bien, le dijo después de un rato, simulando la quebrada. Ahora hablemos.

Nadie supo qué habló el Sergio con la Regine esa noche, pero nadie los volvió a separar. Seguían pasando las patrullas a relajarse en el palacio de Aluminios El Mono, hasta la madrugada que los encontraba piluchos enlazados por las sábanas moquientas, abrazados a una loca. La luz pálida del alba entraba por las ventanas evaporando los pétalos de la orgía. Por todos lados colillas de cigarros y vasos a medio tomar. Por todos lados fragmentos de cuerpos repartidos en el despelote sodomita. Un abrazo acinturando un estómago, una pierna en el olvido de la encajada. Un torso moreno con el garabato de la loca derramada en su pecho. Unos glúteos asomados por el drapeado de las sábanas, goteando el suero proletario de la tropa. Una mano abierta que soltó la matraca para agarrar algo, y se quedó hueca y muerta en el gesto vacío. Pares de piernas trenzadas, sobajeando la lija velluda del mambo culeante. Así, restos de cuerpos o cadáveres pegados al lienzo crespo de las sábanas. Cadáveres de boca pintada enroscados a sus verdugos. Aún acezantes, aún estirando la mano para agarrar el caño desinflado en la eyaculada guerra. Aún vivos, incompletos, desmigados más allá de la ventana, flotando en la bruma tísica de la ciudad que aclaraba en los humos pardos de la protesta.

Sin duda eran cadáveres de fiesta, parcelas de piel estrujadas en el arrebato del clímax. Miembros en reposo, que al primer rayo de sol saltaban preocupados preguntando la hora. Buscando la partes del uniforme, las camisas y pantalones de camuflaje confundidos con los tacoaltos y pantys, el fusil coronado por una peluca rucia. Despertaban limpiando los cascos de guerra ocupados como ceniceros. Aquí y allá y hasta la ventana, flameaban los slips de tosco algodón que les proporcionaba la patria. Se peleaban por encontrar el propio, lo reconocían por el color de los pendejos. Había un colorín del norte, un mapuche de la araucanía, un albino de ojos lacres que nunca encontraba sus anteojos y corría por las piezas sangoloteando su guaripola lacia y enorme. En el despelote el sargento preguntaba por el Sergio. Está durmiendo en el camión le decían. ¿En el camión?. Sí, allá abajo, solo en el camión, contestaba la Regine abriendo las piernas para que saliera un cabro flacuchento y primerizo. ¿Pero el Sergio y usted...?. El Sergio y yo somos amigos. Nada más. ¿No van a tomar desayuno?. Y la Regine se iba a la cocina a poner el agua, dejando al teniente con la pregunta colgando.

Mucho después que pasó la dictadura, el teniente y la tropa iban a entender el amor platónico del Sergio y la Regine. Cuando los calambres y sudores fríos de la colitis les dieran el visto positivo de la epidemia. Para entonces Madame Regine ya estaba bajo tierra, plantada como una fruta que recibió todos los homenajes del barrio La Vega el día plateado de su funeral. Esa tarde se despoblaron los puestos y una nevada de pétalos cayó desde el cuarto piso cuando los cargadores bajaron el ataúd. La Regine estaba tan pesada, se hinchó la pobrecita y tuvimos que soldar el cajón para que no goteara, decían las viejas. Pero igual iba goteando lágrimas sucias, que quedaron en la escala y la calle por mucho tiempo. Unas manchas moradas que la gente rodeó de velas como si fueran sombras milagrosas. Del Sergio nunca más se supo, la acompañó hasta el último día, en que la Regine pidió que los dejaran solos una hora. Desde afuera, las locas pegadas a la puerta, trataban de escuchar, pero nada. Ningún suspiro, ni un ruido. Ni siquiera el crujido del catre. Hasta que pasaron meses después del entierro, cuando una loca limpiando encontró el condón seco con los mocos del Sergio, y lo fue a enterrar en la tumba de la Regine.

1 Comments:

Blogger Margarita O said...

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

2:05 p. m.  

Publicar un comentario

<< Home