jueves, diciembre 22, 2005

Gonzalo (el rubor maquillado de la memoria)

Como si nadie se acordara de su elefántica silueta maquillando la cara de la dictadura, tapando esa grieta, ese pliegue, esa mugre en la comisura del tirano, cuando ironizaba por televisión sobre el número exacto de desaparecidos. Ahí, en plena emergencia de apagones y bandos oficiales, su regordeta mano derecha alargaba las sombras, espolvoreaba de luz y coloreaba de hipocresía la cara de la represión. Porque Gonzalo, el amanerado estilista amante de los bototos, tenia salvoconducto para entrar y salir de la casa del comandante en jefe. Poseía carta blanca como peluquero, modisto y maquillador del alto mando. Y pobre del milico de guardia que le tirara un beso, o hiciera comentarios sobre las bufandas de seda que flotaban en los humos de la pólvora. Pobre del pelado que imitara su andar, esa gelatina colizona de sus caderas, ese bamboleo fachoso que confundía desfile de modas con parada militar. Cuando altivo cruzaba bajo los sables, rindiéndole honores a la patria con los aleteos de su estuche cosmético.

Mi Gonzalo o Gonza, como le decía la Primera Dama preocupada antes de salir por cadena nacional de televisión. ¿No crees tú que este traje Chanel color carne es muy violento para aparecer hablando sobre el hambre?

¿No crees Gonza, que el rubor es demasiado rojo? Ay Gonza, arréglame el sombrero caído al ojo que tengo miope. Ay no Gonza, no me eches tanto azul que parezco la bataclana de Eva Perón. Entonces el afirulado estilista iba y venía con su acuarela Princeton, pintando de tornasol los discursos oficiales, retocando las púas del alambrado paisaje nacional, eligiendo el tono manzana yuppy para acentuar la prosperidad del régimen, irradiando de fresas estivales el crudo invierno dictatorial, que en la periferia arrumbaba cadáveres sin maquillaje.

Con la llegada de la democracia, nadie pudo imaginar a este mismo personaje embetunando el reverso de la moneda. Nadie pareció notar la levedad cetácea de su desplazamiento político. Aunque el gran vacío dejado por su gordura provocó tristezas en las filas militares. Estos raros son todos traicioneros, decía la ex Primera Dama pintándose sola. Enrabiada por el enredo de menjunjes y coloretes, que inútilmente trataba de combinar para recomponer la derrota. Era, un cínico, yo lo sabia; diciéndome señora Lucy y por aquí, señora Lucy por acá. Que el sombrero marrón le queda regio, porque usted tiene esa finura, ese charme, esa prestancia, ese estilo de reina que nació con sombrero.

Nadie supo cómo Gonzalo aprovechando la amnesia local y los festejos por el triunfo de la Concertación, se cambió de fila o se agarró a la cola de la bienvenida democracia. En el tumulto de muchos que vieron aguarse los privilegios del aura castrense, pasó colado agregándose rosa al arco iris de Aylwin.

Así apareció de nuevo desbordando la pantalla, dando consejos naturistas y recomendaciones estéticas para los nuevos tiempos. Su lejano amor por las botas pareció esfumarse en el timbre frágil de su voz declarando amistad personal con el presidente Frei. Diciendo que la derecha le había propuesto ser candidato por Colina, pero había rechazado el ofrecimiento. Aclarando que estuvo en la Escuela Militar exclusivamente como cadete y a su paso de cisne la estrella de la bandera enrojecía de envidia. Pero eso era antes del golpe, entonces estaba tan joven y espigado que sirvió de mástil para la bandera y permaneció una semana tieso, plantado en el patio. Sólo por patriota. Además reiteraba y dejaba tan claro como la nieve de Los Andes que no era homosexual. Más bien asexuado, por eso no tenía problemas para adaptarse a los cambios políticos.

Pareciera que la metamorfosis de Gonzalo no resiste juicio, aunque su esponja estética es la misma que rejuvenece la doble cara de los discursos oficiales. La máscara mueca que transmite al país su mensaje positivista. El acartonado rostro sin rostro, que los dedos plásticos de Gonza decoran con similar receta. Aunque han pasado los años, y la moda cosmética renovó su nacarado camaleón. Y del opaco recato de grises, azules y verdes, que uniformaron los párpados de la memoria; el neoliberalismo agrega su antifaz plata y oro, que traviste de carnaval las cicatrices.

2 Comments:

Blogger Samuel Tomas said...

a que Gonzalo se refiere en este cuento? Será a Gonzalo Cáceres, el estilista chileno?
Me gustaría saber.

11:03 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

justamente a él se refiere

12:53 a. m.  

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