viernes, enero 27, 2006

Lorenza (las alas de la manca)

El año 1989, el artista Mario Soro conoció a Lorenza en la ciudad de Munich, cuando fue invitado a la muestra de arte chileno Cirugía Plástica en Alemania. Ahí supo que su nombre masculino era Ernst Böttner, que había nacido en Punta Arenas producto del casamiento de una alemana y un carabinero chileno, y que su edad aproximada bordeaba los treinta y tres años. Lorenza vestía entonces un ceñido pantalón de cuero azul y tacoaltos que alargaban su figura travesti. El pelo rubio hasta la cintura, sujeto en una cola tirante, achinaba levemente sus ojos claros. Su torso se veía estrecho bajo la capa que lo protegía del frío nórdico. Pero Lorenza era un continuo reír en nubes de vaho que evaporaban su boca pintada. De Chile le quedaba muy poco, solamente cierta sombra en la mirada, al recordar el chispazo trágico de aquella tarde en que perdió los dos brazos.

Hasta los diez años, Ernst Böttner vivía en Punta Arenas como cualquier hijo de inmigrantes. Era un niño rubio y delicado que perseguía los pájaros, tratando de agarrarse al vuelo escarchado de sus alas. Pero las aves eran huidizas y el pequeño Ernst se quedaba con las manos vacías, sin alcanzar las plumas grises que tiznaban el cielo austral.

Un día vio un pájaro en un alambre, tan cerca, que sólo bastaba estirar las manos para cogerlo. Pero Ernst nunca supo que ese alambre era un cable de alta tensión, y la descarga eléctrica revolcó en el suelo su frágil cuerpo. El accidente carbonizó sus brazos, y a medida que fue pasando el tiempo, el guante de la gangrena trepó por sus manos hasta que debieron amputárselas. Y después el antebrazo y luego los codos. Pero la gangrena seguía subiendo y la medicina rural no podía detener el proceso de putrefacción. Entonces la madre decidió vender lo que tenía, y apelando a la doble nacionalidad de¡ niño, lo llevó a Alemania para curarlo.

Instalado allá, Ernst fue sometido a una operación que detuvo la pesadilla y borró las cicatrices de sus hombros, dejándolos tan lisos como un mármol griego. Después, la rehabilitación para discapacitados, que en Alemania es óptima pero muy cara, hizo que su madre tuviera que trabajar haciendo aseo en el mismo hospital para pagar el alto costo de la terapia.

Así, Ernst reemplazó las manos perdidas por sus pies, que desarrollaron todo tipo de habilidades, en especial la pintura y el dibujo. Pero luego fue derivando la plástica hacia una cosmética travesti que hizo crecer las alas calcinadas de su pequeño corazón homosexual.

Estudió arte clásico, posó como modelo e hizo de su propia corporalidad una escultura en movimiento. Un relieve mocho, volado de la ruina urbana. Un desdoblamiento de la arquitectura europea. Una cariátide suelta.

Entonces nació Lorenza Böttner. El nombre femenino fue la última pluma que completó su ajuar travestí. Desde entonces, se ha desplazado por diversos géneros de las artes visuales: la fotografía, el cine, la performance, la instalación. Y su nombre al pie de dibujos y pinturas le ha servido para sobrevivir y viajar por el mundo con su madre.

Su sacrificada progenitora que se convirtió en mamanager, y no acepta fotos ni entrevistas, de no mediar un pago por el trabajo de su hijo. "Lorenza tiene copyright", dice ella tapando el lente de los fotógrafos.

Pero más allá de sus dibujos y pinturas, la verdadera obra es su cuerpo, que lo exhibe, minusválido, como una bella intervención en Nueva York, Barcelona o California. A veces, se instala en la calle y tiza con sus pies delicados dibujos, que luego los zapatos de los transeúntes se encargan de borrar. Mientras, a su lado, la madre suple la carencia del hijo estirando la mano que recoge las propinas.

Quizás, su obra más conocida es una performance que realizó en Berlín el año 1982. En un evento de arte corporal, Lorenza se instaló a la entrada del museo pintada de blanco, simulando la Venus de Milo. El público pasó por su lado sin verla, solamente cuando la escultura comenzó a moverse se dieron cuenta del cuerpo sunco mimetizado en la pose clásica.

Ciertamente, este artista se inscribe en una categoría especial del arte gay, pero en Lorenza la homosexualidad es una reapropiación del cuerpo a través de la falla. Como si la evidencia mutilada lo sublimara por ausencia de tacto. Cierto glamour transfigurado amortigua el hachazo de los hombros. La pose coliza suaviza el bisturí revirtiendo la compasión. Se transforma en un fulgor que traviste doblemente esta cirugía helénica.

Lorenza en performance, es una walkiria trunca y orgullosa. Por los brazos que no tiene se inventa un par de alas, como la Victoria de Samotracia posando para Robert Mapplethorpe, el fotógrafo homosexual que un tiempo después murió de sida. Así aparece en catálogos y revistas gays, amputada y puta del Partenón. Algo así como topless en la Acrópolis o tacoaltos en Atenas, invitada de contrabando a la bacanal posmoderna.

El verano del 90 estuvo en Chile, y pasó casi desapercibida en el ambiente cultural. Venía sólo á arreglar un asunto de familia. Pero cuando le pidieron que hiciera un numerito, aceptó, contradiciendo a su madre, que insistía en cuánto le iban a pagar.

La acción de Lorenza en Chile se realizó una calurosa tarde de domingo en la galería Bucci, ante un escaso público y la mirada ociosa de las parejas que salen a vitrinear los días festivos. Alguien preguntó si era parte de la Teletón, y lo hicieron callar mientras la bella manca proyectaba su sombra etrusca en los muros de la galería.

También hizo los dibujos de un hombre y una mujer y se puso en medio. Después, todos se fueron a bailar a una disco gay donde Lorenza batió sus alas hasta la madrugada. A la salida, al pasar por un regimiento, los milicos de guardia le tiraron besos y algo le gritaron. Y ella, sin incomodarse, abrió de par en par su capa y les contesto que bueno, pero de a uno.

Fue elegida símbolo de las Olimpíadas Mundiales de Minusválidos, realizadas en Barcelona. Pero a Chile no quiso volver nunca más, desde ese verano del 90, cuando tomó el avión alejándose por segunda vez en su vida. Y antes de subir las escaleras se detuvo un momento, apenas un segundo que su memoria quiso levantar un guante para despedirse. Pero sólo le temblaba un hombro, cuando desplegando su ortopedia alada, desapareció en el cielo sin mirar atrás.

NOTA: En 1993 llegó la noticia de su muerte en Alemania. La sombra del sida la pilló volando bajo, y calcinó en el aire su aleteo imaginario.

3 Comments:

Blogger Hache said...

Hola
Tengo una duda que no sé si tu puedas contestarme, es la siguiente. El personaje de Lorenzo que protagoniza este cuento de Lemebel es el mismo de Estrella distante de Roberto Bolaño (sólo varían un poco las historias), ¿es un préstamo literario del primero al segundo o visceversa? Te agradecería si me pudieras contestar dicha duda.

Gracias

Victor Hugo

10:59 p. m.  
Blogger Ciclope said...

Hola Victor, si quieres puedes escribirme a mi casilla: rougeballon@gmail.com y te pondre en contacto con una persona que te puede compartir información al respecto

ROUGEBALLON

LUZ!

12:00 p. m.  
Anonymous CICLOPE said...

Hola Victor, si quieres puedes escribirme a mi casilla: rougeballon@gmail.com y te pondre en contacto con una persona que te puede compartir información al respecto

ROUGEBALLON

LUZ!

WWW.ciclopemultisensorial.blogspot.com/

12:02 p. m.  

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