martes, junio 20, 2006

Un domingo de Feria Libre (o "la excusa regatera del dime que te diré")

Y por qué otra cosa, si no por ventear la lengua en el cotorreo zoológico de la Feria Libre en domingo. Allí, en el par de cuadras donde se instala semana a semana el mercado feriano a la intemperie. Donde se arma y desarma la sociología doméstica del pelambre, del dime que te diré, del recuento de nuevas guaguas y viejos muertos que ya nunca más se les verá conversando o comprando en la feria del barrio. La feria libre, como se le llama a este dislocado matuteo de frutas, verduras y cuanta porquería taiwanesa que relumbra en los mesones de los puestos. Donde se juntan las vecinas para intercambiar recetas y remedios caseros, la sangre de toro para el asma, la pata de vaca para las diabetes, la chancapiedra para la vesícula, el aceite de lobo para la artritis, en fin, la botica ambulante del emplasto y la cataplasma que acapara la fe popular, más que la química farmacéutica. Se cree más en la receta colectiva del bien común, que en el diagnóstico licenciado de los matasanos. Todo esto ocurre mientras silban por el aire los gritos feriantes con su «Caserita qué se le ofrece». «Me llegaron los granados nuevecitos y el zapallo tierno». «Aparecieron los duraznos pascueros, los primeros de la temporada». «Aproveche casera que se acaban».

Toda la pobla se reconoce en el rito dominguero de la feria libre, el único día que el menú cotidiano de las pantrucas se alegra con la fiesta del pescado frito. Siempre y cuando las merluzas, los congrios y las pescadas estén frescos, tengan agallas rojas y los ojos brillantes. Oiga, pero este jurel está como un trapo, parece que sobró de la Ultima Cena. Entonces no lo lleve pues señora, más encima pobre y regodiona. Estos diálogos son comunes entre comerciantes y clientela, por eso la señora tiene que alterar el almuerzo, cambiarlo por granados con mazamorra, pero ya es tan tarde para echarlos a cocer. Esto piensa mientras camina entre el griterío de mercancías, mientras se detiene tocando una blusa, una falda, una barita colgada por la moda crespa de la ropa usada americana. Pero hay tantas cosas más necesarias que mejor olvidar ese antojo, y sigue buscando los precios más baratos, los tomates más económicos para acompañar la porotada de granados con ají de color para que su familia se chupe los dedos. Con ella va todo el gentío, la bullanza consumista de los filodendros plásticos, los cabros chicos, los globos y las notas luengas de un bolero recumbión. Por ahí se aglomera la gente escuchando el sentimiento de los parlantes, reconociendo la voz de Ramón Aguilera cantando en vivo, a todo el sol de la mañana obrera. Y es verdad, es él, dicen las viejas amontonándose para escuchar en persona al mítico cantante, el lagrimeo musical entonando «Que me quemen tus ojos». A esa hora de la mañana, es el mejor regalo que tiene la Feria Libre de escuchar a Ramón Aguilera tan cerca, tan real, más cierto que el cassette chicharra que promociona el artista, que lo vende autografiado, viajando en una camioneta con parlantes que recorre las ferias.

Ya van a ser las doce y todavía la señora no decide qué hacer de comer. Ella va o la lleva la multitud, no lo sabe, pero más allá se detiene porque un candidato al parlamento, tirando volantes, reparte cajas de fósforos con su foto de inocente oportunismo. Y todos reciben la propaganda, y hacen como que escuchan al político que se atora sermoneando su campaña, grita compitiendo con la música y la bulla pachanga de la feria. Así, con esta fiesta, el domingo ferial da por inaugurado el ocio poblador, donde las familias hacen un alto en este feriado que les otorga el calendario laboral, el paréntesis del domingo que pasa tan rápido como la Feria Libre, cuando al llegar las tres de la tarde, se apagan sus colores y enmudecen los papagayos de su sonora entretención.

1 Comments:

Blogger no tenemOs ni tele said...

os linkearemos hostias... tio... joder!!!!

1:48 a. m.  

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