lunes, marzo 06, 2006

Cecilia (El platino trizado de la voz)

Como una ola fresca que trinaba en un mar de gente, era la Cecilia por entonces, cuando el teatro Caupolicán se desbordaba de niñas con poleras beatle y faldas plato que movían plumeros en las galerías gritándole: Bravo chica te pasaste. Ahí la vi por primera vez y supe que ella iba a ser la gran estrella de la canción chilena, un metal de alondras que nunca tuvo la música popular en este país, la única cantante que arrastraba multitudes de fans embrujadas por el imán terso de su garganta. Un gentío extasiado que la seguía a todos lados, esperando incansables a la salida de los teatros, para arrebatarle la foto autografiada que estrujaban en su colérico corazón.

Corrían los sesenta, y el eco de las revoluciones hacía vibrar este hilo de mundo. De norte a sur, el cancionero radial era el telón de fondo que animaba los cambios sociales, en un mundo bullante y sentimental hipnotizado por la utopía. Allí Cecilia era la reina de la engominada nueva ola, el violín mágico de los colizas que imitaban el falsete de su voz. Una voz demasiado fina, un colibrí mujer como estéreo símbolo de vaporoso traje a lo Brenda Lee, que por esos años cimbreaba su cintura de avispa chillona al compás del twist.

Pero Cecilia también era otra cosa, una diva de la juventud que llenaba coliseos cantando "el tango francés de las rosas", con letra en italiano y acento sureño. Porque la chica había llegado del sur, desde Tomé, cerca de Concepción. Se vino muy joven, y mientras viajaba en el tren a la capital, la cinta verde del paisaje corriendo en la ventana, le dio esperanzas de éxito en el concurso radial para aficionados donde iba a participar. De ahí saltó a la fama y fueron noches y noches de aplausos para ella, que nunca imaginó su nombre en marquesina de ampolletas como primera figura de la naciente nueva ola chilena.

Entonces, escotes de corazón y vestiditos de encaje arrepollaban sus caderas, prestándole el femenino encanto que hacía suspirar a la manga de admiradoras que amoldaban su lésbico andar al vaivén "Bom, bom, bom de un brillar mil estrellas". En realidad, ella era otra voz, un timbre agudo que cruzaba el aire en la vitrola tersa de su canto. Un acento plateado girando en los discos de oro que ganaba por superventas. Su voz era la nota de cristal que ganó el Festival de Viña de una plumada, y esa noche, todo Chile la vio en televisión "como una antorcha encendida en un mar de gente". Y después, el avión al Festival de Benidorm en España, donde aparecía en fotos con otros grandes de la canción. Galanes famosos que la prensa le colgaba de romances. Y ella no contestaba, solamente alzaba los hombros tímidamente en un "Quizás, quizás", que amordazaba su secreto.

Después llegaron los setenta, y la estridencia rockera desgarró la balada pop de los ya no tan jóvenes coléricos. Muchos se fueron para la casa, y otros se quedaron animando programas del recuerdo con el zapateo yea, yea de la placa de dientes. Entonces, Cecilia, aprovechó este recambio para tirar lejos los tacoaltos y las enaguas almidonadas. De la noche a la mañana apareció travestida de Elvis Presley. Con buzo plateado pata de elefante y botas texanas, enfrentó desafiante la nueva década con su look chulesco. Pero este país, engarzado en la costra de la tradición, no aceptó la estética chicana que evaporó el tul feminoide de la estrella. Así, los comentarios morales del ambiente artístico y la lengua amarilla de la prensa, la fueron desprestigiando hasta ahogar su trino en el vaso de alcohol que tomaba y seguía tomando, esperando inútil que el "teléfono callado" sonara por algún contrato. Sus fotos de niña buena se fueron ajando en las vitrinas de cabaret pobres que tuvo que compartir con vedettes de plumaje arrugado. Bellas palomas mustias que le brindaban a veces una sonrisa prohibida.

Pero allí, siempre estuvo la barra incansable, las macorinas taconeando el "Buen día tristeza" en el menguante de su luna clandestina. Las chicas "fieles de gran corazón", que embriagadas por el perfume ácido de una corista, no dejaban de gritarle otra vez chica, dale con ese "Baño de mar a medianoche". Las eternas admiradoras, aplaudiéndola borrachas en la hostia pagana de esas pistas. Ahí, en "El Clavel", con toque de queda, alguna loca retrasaba el amanecer entonando una vez más el "Bom, bom, bom de la noche en dictadura sin estrellas". Y Cecilia un poco más vieja, más golpeada por la palidez del alba, insistía en pagar la tarifa del taxi con sus fotos autografiadas, que estiraba como billetes, diciendo que ella era Cecilia, la incomparable.

Negada por años en las pantallas de los show televisivos, un empresario nostálgico juntó los vestigios de la Nueva Ola, tratando de reflotar el twist Loly Pop de aquella adolescencia. Entonces se le vio nuevamente en la tele, maquillada a la fuerza, enfundada otra vez por el ropaje recatado de la "buena crianza". Casi una señorita, casi temiendo ser pifiada por el bostezo light del neoliberalismo, los sones rasgados del "Se ha puesto el sol en mi vida sin ti", despertaron las palmas amaestradas del público en el set televisivo. Ningún desmadre, nada de alcohol y mucho tapaojeras, gritaba una productora rubia contando los minutos que faltaban para que Cecilia volviera a encontrarse con su país. Entonces, el platino trizado de su voz aligera el peso plomo de todos esos años que la estrella durmió en la calle arropada por el recuerdo de los aplausos. Todas las penurias parecen esfumarse al calor de los reflectores que tajean de color su rostro ajado, pero rejuvenecido levemente por las huellas de su canción.

Después de estas fugaces apariciones en la pantalla, Cecilia regresa a su noche de boites, donde la esperan las viejas fans que ya no tienen el equipo de fútbol, pero la buscan en los marcos de luces del barrio chino, entre las fotos de mujeres piluchas en calle San Diego, donde los pobres remueven la tristeza al son de una cumbia. Ahí la Ceci, se siente más cómoda reviviendo la flauta vidriada de su voz para las mariposas nocturnas que guardan silencio cuando el animador anuncia a la incomparable, la única, la que corona la fiesta hasta la madrugada. Hasta que se apagan las brasas de Lucifer y las parejas se pierden en algún hotel con olor a jabón barato.

A las seis de la mañana, las luces pestañean en su miseria de 25 watts, las mesas de plástico quedan engomadas por las lunas negras de los vasos, y los mozos retiran las botellas vacías con un bostezo. A esa hora, todo rastro de color se agota en la bruma tísica que baña la sala desierta donde una milonga dormita en un rincón. La falta de clientes enluta el espesor de sus pestañas y una gota de arrabal amenaza desbordar el rimel de sus ojos. Pero entonces, un foco rompe la penumbra mugrienta de la pista, y el retumbar de una música maleva la despierta. A contraluz, las botas chicanas, el buzo Presley, y un platino de garganta la invita a bailar. "Está empezando a amanecer y en la noche se ha quedado mi corazón". Un halo de dulzura le retoca el maquillaje a la mujer, cuando se pone de pie y avanza por la pista, abrazándose a esa voz que refracta pedazos de sol en los cristales rotos del canto. "Es nuestro último baile, es nuestro último encuentro, todos se han ido y quedamos solamente tú y yo".

1 Comments:

Blogger Pedro Aros Castro said...

No he sido seguidor de Cecilia, acabo de ver un especial en 13 cable sobre esta cantante, he quedado muy emocionado, por como una mujer inspirada, con la voz un poco gastada,se entrega emocionada en el escenario y es acogida con amor por quienes la siguen, este texto da cuenta en forma muy poética del recorrido de esta gran artista, gracias por compartir.

un abrazo fraterno
saludos

11:09 p. m.  

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