viernes, marzo 31, 2006

Rosa María Mac Pato del Arpa (o "las encías doradas del arte")

Quizás, porque la realeza nunca anidó en estos peladeros, y por suerte su rancio olor estuvo lejos. Al otro lado del mar, salpicando los brillos del pallá y pacá de valses vieneses. Tal vez, es por eso que en este fin de siglo reaparece la nobleza pioja empolvada por el status del arte. Como si fuera un orgullo tener tan cerca a esas damas que se codean con el jet set alabando la cultura burguesa, la pintura pituca de los remates. Ese paisaje de París sobre la chimenea mi linda, o ese Matta upeliento que al caer la izquierda subió de precio. Porque todo cambia, y por fortuna el arte volvió a su hediondez de castillo, a su inutilidad decorativa. Sobre la mesita francesa la figurilla Limoges, para que la empleada mapuche le pase el plumero al ritmo del minué. Porque la señora Mac Pato no puede vivir en estos arrabales sin escuchar cada mañana la lírica alaraca de sus violines. No puede soportar el indiaje sin oír los cornos peorros de su ópera. No puede, no puede mirar el caminar patuleco de los chilenos, porque ella ama tanto el ballet clásico que va del Municipal al Bellas Artes del brazo de Pirulo Larraín flotando en su sublime pas de deux. Ella es benefactora de la danza frú-frú, y quiere educar a este país de rotos acostumbrados a la cumbia. Sueña con transformar Santiago en otro Versailles, y que hasta los pacos dirijan el tránsito en puntas de pie. Por eso ella va con su mueca estética por las galas del arte, a todos lados lleva su placa Pepsodent, repartiendo risas de triunfo capitalista, para que este país amurrado pueda reírse de su derrota social.

La Señora Mac Pato dedica todo su tiempo al evento del arte, corretea por las embajadas decorando los salones con cortinajes, macetas de petunias y pavos reales para que los chilenos aprendan los gestos trululú de la aristocracia europea. Porque ella admira a la nobleza y se emociona con las rabias que pasa Isabel II con sus nueras putingas. Eso te pasa Chabe por meter a la plebe en la corte, piensa ella. Igual como pasó en la Unidad Popular, cuando Allende le dio carta abierta al populacho para que entrara al Teatro Municipal. Y estos picantes, pos oye, se mearon en la felpa lacre-sangría de los asientos, se limpiaron los mocos con los tapices flamencos, y dejaron hecho un asco esa maravilla neoclásica de la arquitectura nacional. Por eso ahora subimos los precios de las funciones de gala. Además pareciera que los upelientos aprendieron modales en el exilio francés. Digo yo, porque hasta los socialistas dejaron el charango y le tomaron el gusto a la música clásica. Y también, para que no digan que una es injusta con la ignorancia, hoy tenemos conciertos a mediodía para que la rotada cultive su espíritu chabacano.

Así, doña Rosa Mac Pato del Arpa, no se cansa en su afán por educar a la cultura pioja drogada por los tiritones pélvicos del "Meneíto". Pero ella sabe que pese a todos sus esfuerzos, igual va a recibir el malagradecido pago de Chile. Igual las viejas pobladoras la pelan cuando ella aparece en la televisión modulando su finura Chanel. Igual las viejas rotas remedan sus modales de condesa cenando en palacio. Igual se ríen de ella, mascando con la boca fruncida, el charquicán humilde de la cocina obrera. La señora Mac Pato sabe que este país es burlesco con cualquier forma de colonización cultural que pretenda refinar la tosca greda de su carnada mestiza. Y no es que necesite una corte haragana que lo gobierne, y menos esas princesas con cara de caballo que adornan el revisteo del ocio clasista. Aunque hay un séquito de artistas mendigos de cóctel, que siempre la rodean como una abeja reina, y simulan escuchar atentos sus teorías estéticas del Primer Mundo haciéndole creer que este país necesita un blanqueamiento cultural. Pero, tal vez, sólo fingen estar de acuerdo con ella, mientras comen el canapé de langosta en la exposición y celebran los chistes british y su trivial simpatía de sangre azul. Pero muy en el fondo esa patota arribista, sabe que en este suelo nadie se ríe tanto como la señora Mac Pato. Hay muchas caries, mucho boquerón en sombras que apenumbran la alegría torcida de la mueca popular. Puede ser que ellos comparten las burbujas optimistas de su champán, solamente para agarrar una beca a París en Los Amigos del Arte, o sacar un catálogo elegante para una próxima exposición. Puede ser ese el único interés alpinista en la escalada social, lo que mueve al enjambre de artistas revoloteando en el perímetro de su risa esmaltada, solamente para que doña Rosa María Mac Pato del Arpa, crea que este país perejil comparte subyugado la mueca risueña de su calavera cultural.