lunes, abril 10, 2006

"Los cinco minutos te hacen florecer"

La mañana del doce de septiembre alumbraba degolladamente parda, en ese Santiago despertando de un mal sueño, una pesadilla sonámbula por el ladrido de la balacera de la noche anterior. Por la Panamericana los camiones blindados pasaban hacia el centro disparando, disolviendo los grupos de vecinos que comentaban en las esquinas la novedad del golpe. El aire primaveral espesaba en coágulos de zinc sobre el techo de los bloques, sobre los niños jugando a los bandidos, disparándole con sus manitos a los helicópteros que remecían el cielo alborotado de palomas. En las escaleras y pasillos, el revuelo de viejas, que entonces no eran tan viejas, más bien mujeres jóvenes, de media edad, tendiendo ropas en las barandas, frescas aún en las cretonas floreadas de sus faldas crespas. Mujeres pobladoras, dueñas de casa que no entendían aún lo que estaba pasando, pero se veían tensas en sus ademanes copuchentos de apuntar con la boca y clavar los ojos en la aglomeración de vecinos que se veía a la distancia, que no era tanta distancia, apenas media cuadra de población que lindaba en el baldío de la Panamericana Sur y Departamental. Allí, justo donde hoy se levanta una bomba de bencina y una joven Villa para empleados públicos, entonces hediondeaba a perro podrido la mañana del basural llamado El Hoyo, una cantera profunda donde sacaban ripio y arena, el botadero en que los camiones municipales descargaban la podredumbre de la ciudad. En esa pequeña cordillera de mugres, los niños de los bloques jugábamos al ski en los cerros de basura, nos deslizábamos en una palangana por las laderas peligrosas de fonolas humeantes. Allí en los acantilados de escoria urbana, buscábamos pequeños tesoros, peinetas de esmeraldas sin dientes, papeles dorados de Ambrosoli, el pedazo de Revista Ritmo bajo un espinazo de quiltro, una botella de magnesia azul churreteada de caca viva, un pedazo de disco 45, semienterrado, espejeando la muda música del basural que hervía de moscas, gusanos y guarenes esa mañana de septiembre en 1973.

Desde el tercer piso de los bloques, se podían ver los tres cadáveres en el rastrojo de los desperdicios, se veían todavía encarrujados por el último estertor, aún tibios en la carne azulosa, perlada de garúa con la gasa húmeda del amanecer. Eran tres hombres salpicados de yodo, lo que vi esa mañana desde mi infancia, asomado entre las piernas de la gente, mis vecinos comentando que tal vez eran delincuentes ajusticiados por el Estado de Sitio, como informaba la televisión. Decían esto apuntando a uno de los hombres un poco mayor que usaba bisoñé, y en el golpetazo de la balacera se le había corrido, y mostraba su cráneo abierto, como un manojo de rubíes coagulados por el sol.

Para mí, algo de esa sospecha no correspondía, no encajaba el adjetivo delictual en esos cuerpos de 45 a 60 años, de caballeros sencillos en su ropa triste, ultrajada por las bayonetas. Tal vez, abuelos, tíos, padres, mecánicos, electricistas, panaderos, jardineros, obreros sindicales, detenidos en la fábrica, y rematados allí en el basural frente a mi casa, lejos de sus familiares esperándolos con el credo en la boca, toda esa eterna noche en vigilia de siglos, para no verlos nunca más.

Han pasado veinticinco años desde aquella mañana, y aún el mismo escalofrío estremece la evocación de esas bocas torcidas, llenas de moscas, de esos pies sin zapatos, con los calcetines zurcidos, rotos, por donde asomaban sus dedos fríos, hinchados, tumefactos. La imagen vuelve a repetirse a través del tiempo, me acompaña desde entonces como «perro que no me deja ni se calla». A la larga se me ha hecho familiar recordar el tacto visual de la felpa helada de su mortaja basurera. Casi podría decir que desde aquel fétido eriazo de mi niñez, sus manos crispadas me saludan con el puño en alto, bajo la luna de negro nácar donde porfiadamente brota su amargo florecer.