lunes, abril 24, 2006

Flores de sangre para mamá (o "la rebeldía llagada de un tatuaje")

Y no hace mucho que esta costumbre era un vicio mal visto de marinos, piratas o de algún preso que se dibujaba una sirena en el antebrazo para entretener su soledad, meneándole la colita al apretar y soltar el puño. No hace tanto que a los cabros les dio por intervenirse el cutis con toda la gama que ofrece el arte del grabado en la piel. Tal vez, la idea vino de los rockeros duros y toda su fauna de murciélagos, vampiros, puñales y flores satánicas que adornan la alegoría de ese neogótico, de ese punga-punkie y su metalero disloque. Lo cierto es que prendió como una mecha de tinta entre los adolescentes, que lucen sus bellos cuerpos con las caricaturas del heavy-rock.

Aunque también las Artes Marciales y sus aletazos de ballet Jiu-Jit-Su, Shoto-Kan, o Kárate-Kid, colaboraron metiéndole gráfica oriental a este arte que cada vez se hace más refinado y exquisito. Así, de los pobres tatuajes que en un comienzo parecían garabatos de kindergarten, calcomanías de micro, copias de Micky Mouse, anclas, corazones o letreros cursis que ofrecían "Flores para mi madre"; ahora se han transformado en finas estampas y delicados dibujos con volumen, con sombra y a todo color que ofrece la artesanía del tatuaje. Ahora no hay peligro de sida con sus agujas recambiables y maquinitas importadas que van picando la piel con su aguijón esterilizado. Tampoco es tan doloroso, porque la anestesia adormece el rasguño que pinta un lagarto enroscado en la pierna, un dragón volando en un hombro, o un escarabajo caminando por la espalda. El único drama es que esta decoración dura casi para siempre. Es decir, hay que comprometerse con el mono como un enamorado. Porque si cambia la moda, borrárselo es tan caro como doloroso. Aun así, hay algo de juramento en este maquillaje tribal de los pendejos. Algo de pacto con el símbolo que eligen espera durar toda una vida, ya sea el signo de la paz, una calavera, un nombre bordado de espinas, una A de anarquía o los escudos del fútbol. No importa que los viejos se horroricen con estas modas primitivas, como los hoyos de los aros en las orejas, en las cejas, en la guata. No importa que los reten o que les den un par de charchazos; total ellos así ejercen la propiedad autónoma de sus cuerpos. Así se rebautizan, marcándose con el dolor de la aguja que va abriendo la piel al ardor de la tinta.

Algo de iniciación para la vida se asume al soportar la llaga de esta línea que tajea. Es como poseer una forma o un mensaje que se elige para siempre, que se toca y se acaricia y se encariña con la costra que cuando cae, deja ver el músculo dibujado con algo propio. La precisión del trazado dependerá del precio del tatuaje, entre más grande y complejo será más caro, tanto o más que un par de zapatillas o un compact de Los Ramones. Los colores también dependen del money y del aguante que tenga el pendex en el desollado del pellejo.

Sin duda que también estas señas harán más detectable la prófuga identidad juvenil, pero la variedad compite con la identificación. Existen tantos tatuados, y en partes tan diferentes del cuerpo, que se necesitaría otro registro civil para ficharlos. En tanto cada dibujo puede alterarse y no corresponder a una señal única como la huella dactilar. Cada dibujo es del cuerpo que lo posee, como también del gran cuerpo juvenil de la ciudad que siempre está cambiando de piel de acuerdo a las modas y pasiones que los desbocan, al deseo irrefrenable de verse diferentes, de sentirse únicos en el oleaje metropolitano que, cuando pasan los veinte años, pierde sus risas, y más temprano que tarde, cuando se titulan de honorables empleados, ocultan sus marcas rebeldes y sus flores de sangre negra bajo el puño almidonado del yugo laboral.