viernes, mayo 26, 2006

Los albores de La Florida (o "sentirse rico, aunque sea en miniatura")

Y no hace tanto que esa comuna era un pastizal de parcelas y viñedos aledaños a Santiago. No hace mucho que esos terrenos orillaban Vicuña Mackenna con peladeros silvestres y arboledas flacas que mantenían la nota campestre de una ciudad recostada en la cordillera. Sin ser nostálgico, los aires de La Florida eran oxígeno verde para tanto poblador que transitaba a Puente Alto mirando la cinta rural que corría en la ventana de la micro. Y esa película del entierrado paisaje chilensis, era la única postal de naturaleza accesible para los obreros, que dormitaban en el letargo de álamos y queltehues rumbo a su mediagua.

Y de un día a otro, como quien pestañea despertando al paso de unos años, el paisaje bucólico se fue a las pailas. En su reemplazo, la modernidad expansiva de la urbe hizo de La Florida una comuna de cartón, poblada de villas y condominios a la rápida, con nombres elegantes de San Jorge, La Alborada, Las Praderas, Las Torcazas; para oficinistas, profesionales, yuppies y profesores que refundaron estas pampas con los vicios pequeño-burgueses de una nueva clase social. Mejor dicho, la poblaron con estatus medio pelo de la copia ricachona, pero todo en chiquitito. Es decir, el bungalow del barrio alto pero reducido a un espacio donde la sala, la biblioteca, el porche, la despensa y la pieza de empleada, equivalen a una casa de muñecas. Sentirse rico, aunque sea en la miniatura de esos chalecitos iguales, con tejitas y un jardincito donde el perro doberman parece un elefante. Porque no hay casa de La Florida que no tenga un doberman, que son los únicos perros que cumplen fieros su trabajo de guardianes mochos de las porquerías electrodomésticas que alhajan estos hogares de pobres ricos. Asalariados que a fin de mes hacen milagros para pagar las deudas, las calillas y letras del auto japonés que lo lavan y lustran en los pasajes cada sábado. Cada tarde de fin de semana, cuando toda la familia Florida se pone buzo deportivo, todos iguales, todos de zapatillas y viseras para trotar como pelotas en esas callecitas con pasto recortado y rejitas bajas, igual que en las películas yanquis.

La planificación urbana tiende cada vez más a la expansión centrífuga del centro tradicional, crear nuevas comunas, nuevos barrios que descongestionen el corazón metropolitano ya aglutinado por la explosión demográfica. Pero en esta redistribución del espacio social, el mercado del hábitat va copiando recetas urbanísticas donde la arquitectura modular del desarrollo optimista incluye tipos de vida, formas estereotipadas del desarrollo doméstico que moldean la libertad del ciudadano. Así, junto a "la casita en la pradera de La Florida", viene incluida la educación de los cabros chicos en el jardín infantil que tiene la Villa. Junto al plano de la vivienda, viene la entretención para los adolescentes en la disco-matiné que casualmente queda a media cuadra del condominio. Y como si fuera poco, casi no hay que desplazarse a ningún otro barrio, porque en la rotonda de La Florida se levanta fanfarrón el Super Mall, donde usted encuentra todo lo imaginable, desde una aguja hasta una casa rodante para un feliz week-end. Allí se matan todas las neuras con la droga del consumo. Ahí usted se relaja mirando vitrinas, comprando o simulando que compra cuando se encuentra con la vecina. Y lo mejor, sin los cabros chicos entretenidos, zangoloteándose como títeres en esos hipopótamos de plástico que les revuelven las neuronas. En La Florida usted es feliz, dice la propaganda, tomando el sol en su metro cuadrado de césped, y mojándose el poto en su piscinita no más grande que un lavaplatos. En La Florida usted es feliz, le recita el corredor de propiedades, sumándose a la ópera mercantil de estos barrios instantáneos sin historia, sin pasado que pueda arrastrar un trauma futuro. En La Florida usted puede sentirse en Chinatown porque hacen nata los restorantes chinos y también abunda la comida chatarra, como en Miami. ¿Se da cuenta? En La Florida no hay depresión, porque el oleaje de ofertas es la terapia comunal que compite con cualquier liquidación de temporada. En La Florida usted puede estar contento, si amontona sus ilusiones de rico en esta comuna Liliput, donde los deseos de prosperidad ordenan su vida familiar de acuerdo al prospecto inmobiliario que le promete felicidad en colores. A cambio, usted tiene que jibarizar su arribismo de magnate caluga y creerse afortunado de vivir en un Edén irisado de neones y carteles que transforman el paisaje en un juego de Metrópolis.