miércoles, agosto 02, 2006

Adiós al Che (o las mil maneras de despedir un mito)

Tal vez, hoy, sean necesarias las representaciones operáticas de los pasajes más conflictivos que marcaron un clímax de tensión en la película del pasado milenio. Y para los que vivieron las escaramuzas del sesenta, para los que las leyeron en libros y revistas, como para los jóvenes del noventa que llegaron tarde al vacilón revolucionario, el gran acto de homenaje al Che en el estadio Nacional tenía el carácter de resucitar su memoria por unas horas, para después dar vuelta la hoja de su peligroso recuerdo. Y hay que reconocer que, si bien el acto tuvo momentos muy emotivos que transportaron a la masa a la cruda historia dictatorial, aunque es y será necesario repetir mil veces el ritual de nombrar a las víctimas y apuntar a sus verdugos, la lejana historia del Che para los setenta mil jóvenes presentes, era nada más que otra lejana historia como excusa para manifestarse sobre actuales contingencias. Vibraba en el aire un odio parido contra el tirano apernado en su poder, temblaban las graderías en la repulsa gritona al estatus neoliberal de la democracia. El lolo punga, las barras filudas, los universitarios y los cincuentones del canto nuevo, encontraron en esa noche una nota común para manifestar su desencanto, para reunir a la familia izquierdilla y su palomillaje inagotable. Y en ese marco de nostalgia, rabia y pena, el gentío se amasaba al vaivén hermanado del «pueblo unido, jamás será vencido», la muchedumbre frotándose en la calentura política de ese canto, hacía del homenaje al guerrillero un éxtasis común, una rara forma de acunar la pasión en la paila ardiente del estadio. Y de Ernesto, pocos seguían la liturgia memoriona del acto, menos aún ponían atención a la biografía documentada de Guevara. Y era mejor así, quedarse con el soñador del mundo nuevo, a escuchar las cartas que el Che le mandó a su familia, documentos que ahora lo retratan como un machista tradicional, diciéndoles a su mujer e hijas que se encargaran de las labores domésticas, que lo esperaran con la comida caliente, que atendieran a sus hijos hombres, los únicos que con él eran capaces de realizar la revolución. De seguro, si Ernesto viviera no estaría en ésa, y menos aún habría aceptado que se leyeran esas cartas personales en el acto. Es posible que tampoco le hubiera gustado ser la estrella del megaevento preparado para su fugaz exhumación. Demasiado hombre arrogándose la revolución, como también algunas mujeres marcando el macho acento de esa épica. De seguro que si vivieras, Ernestito, te habrías pegado una revisada a tu metraca virilidad. Te habrías arrepentido de haber tirado al suelo el libro de Virgilio Piñera, cuando lo encontraste en la biblioteca de una embajada cubana y le dijiste al embajador que cómo podían tener a un maricón metido allí. Por cierto si vivieras, te extrañarías de que tu funeral coincidiera con el de Diana de Gales, con el de Teresa de Calcuta y ahora último con la boda de la Infanta española. Vaya qué contradicción. Vaya qué confusas exequias carnavaliza el mercado, Ernestito. De seguro nunca lo pensaste tantos años enterrado en esa tierra clandestina. De seguro nunca imaginaste que el mundo iba a presenciar por la tele la exhumación de tu mortaja. Probablemente nunca habrías aceptado ser el invitado de honor a esta misa por tus restos a estadio lleno, y menos para el funeral en La Habana, donde hasta tus enemigos tendrán palco comprado para el evento. Mira tú cómo la revolución vende el espectáculo al gran mundo capitalista. Y no es moral, solamente otra mirada sobre tu recuerdo, una mirada coliza en medio de la galera delirante que coreaba tu nombre. Una mirada también humedecida al escuchar por primera vez tu voz en la grabación que sonaba en los parlantes. Tu voz, desconocida, pero tan marcial, tan milica en la arenga lejana de ese entonces, ese ayer, tronando en el eco de tu discurso que seguí oyendo cuando dejé el estadio, cuando me confundí en la marcha de las siete mil almas que esa noche despedimos un mito, y le abrimos la puerta a otro Ernesto, más cercano, más frágil, que golpeó nuestro corazón tímidamente con un beso de bienvenida.

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

matias, realmente excelente tu pagina sobre lemebel. me encantaria saber el origen de los textos, ya que casi nunca figuran. un fuerte abrazo, y nuevamente felicitaciones. andres (prensa2002@yahoo.com)

2:18 p. m.  
Blogger Matías said...

Gracias, Andrés. En el costado derecho de la página podés encontrar a qué libro corresponde cada crónica, si es que a eso te referís con el "origen de los textos". Saludos

12:33 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

LA FORMA DE DESPEDIR AL CHE:

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE, PATRIA O MUERTE VENCEREMOS!!!!!.-

ADIOS COMANDANTE!

5:16 p. m.  

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