viernes, julio 28, 2006

La enamorada errancia del descontrol

Mirar hoy en retrospectiva los distintos estallidos juveniles que trazaron políticas y poéticas del descontento en las últimas décadas, quizás sea necesario para entender las nuevas formas de control social que el sistema de turno perfecciona para identificar, fichar y encapsular la fiebre joven, que desde antes del cincuenta, fue el motor alocado que desató utopías justicieras y sueños de futuro, donde los jóvenes aspiraban a tener alguna participación efectiva en las tramas políticas que iban a definir su porvenir. Tal vez, es necesario hacer una introducción a esta crónica, para remirar las huellas finiseculares de este desacato y poder descifrar la ingenua rebeldía que movilizó varias generaciones de la verde juventud, que al pasar los años, los acomodos partidarios y las rearticulaciones ideológicas, vieron decaer lentamente las dulces ilusiones, las provocativas rabias que no lograron fracturar el blindaje conservador del neo-ordenamiento, y así darle paso al amanecer de un mundo donde el deseo veinteañero inflamaría la transformación.

Tal vez fue mucha la responsabilidad depositada en la joven revolución, y ahora resulte cómodo analizar desde el sillón de «adulto mayor» o desde la tranquila lógica del «adulto joven», los excedentes de las movilizaciones estudiantiles, universitarias, barriales, pandilleras o deportivas, que en algún momento, pusieron en jaque la institucionalidad y la hipocresía de su estatus. Digo que resulta cómodo registrar estos hechos, porque una territorialidad del espacio callejero hermana los distintos flujos jóvenes, que en la actualidad, se agrupan y desagrupan en la estrategia nómada de su errancia anarquista. En este sentido, la urbe contiene y desborda el vandalismo púber como un cambiante espacio donde se enfrentan las políticas de control y su desobediencia. Es la vía pública donde la práctica de la porfía civil desata su pasión, es la calle el escenario donde el cuerpo pendejo se enfrenta a su policial contendor, por cierto, siempre en desventaja frente a la máquina móvil de la ley que aplasta sin contemplaciones la aventura de la trasgresión. Así, nos encontramos hoy con otro mapa juvenil que no corresponde al nostálgico ideario del revolucionario del sesenta: idealista por discurso filosófico y doctrinario por iluminismo anticapitalista. Ya no bastan estas filiaciones para formar parte del pandillismo, que se camufla en la selva urbana (ya no en la sierra), realizando sus micropolíticas agresivas para romper la frustración y el desencanto.

Desde esta perspectiva, quizás tan errática como las pulsiones que a veces intervienen la calle, trataré de articular una mirada sobre el fenómeno social de las barras bravas. Por cierto, tratando de perfilar su pálida diferencia tercer-mundista, que subraya un abismo con el mismo suceso deportivo que se dio en otras partes del globo. Así, aunque parezcan similares dichos estallidos juveniles tras el fútbol, en Latinoamérica, y especialmente en Chile, su transcurso está afectado por causas políticas y desajustes tribales que diferencian las prácticas de fanatismo deportivo. Más bien, aisla el proceso de las barras bravas chilenas, que se dio tomando como excusa el fútbol, para demandar mejoras político-culturales en la masa joven heredada de la dictadura. Es así que se hace necesario contaminar este texto con biografías barriales, lenguajes de tribus y sobrevivencias de periferias, para adentrarse en la sociología del desamparo, donde surgieron las temidas barras.

EL DESPOBLADO OCIO DE LA CANCHA DEPORTIVA

Tal vez, al mirar Santiago de Chile desde un avión, es posible que en el árido paisaje que lo rodea, podamos distinguir sitios baldíos, cuadrados de tierra destinados a plazas, áreas verdes o sitios de recreación para los pobladores, pero que nunca llegaron a realizarse. Y al final terminaron como el tierral colectivo de la cancha donde los jóvenes practican fútbol, el juego más popular del país, la entretención gratuita que forma parte de la memoria cotidiana de los habitantes del Santiago pobre. Porque el fútbol siempre fue un deporte barato de practicar, sólo basta una pelota, el rayado de la cancha y el equipo de muchachos corriendo y pateando la bola, para olvidarse un rato de la cesantía y las carencias del medio. Allí en la cancha experimentan la única libertad corporal que conocen, la única libertad que les permite evacuar su resentimiento de chicos pobla, que se reúnen cada fin de semana bajo la insignia del club deportivo. Porque en toda población periférica existe un club que agrupa jóvenes adictos al balón, y estas pequeñas organizaciones vecinales reflejan un retrato del pasatiempo barrial que alegra sus días festivos con el ritual del partido en la cancha. Así, la misma cancha, que en estos confines latinoamericanos no es el campo sport tapizado de verde musgo, se transforma en una «zona franca» o territorio sin ley que ellos eligen y ocupan también para sus mitines de convivencia, sus fiestas y celebraciones por triunfos o derrotas del equipo, da lo mismo, cualquier resultado es la excusa para festejar con mucho alcohol, que se bebe sin límites y a cualquier hora. Pero especialmente al anochecer, cuando cae la sombra y es más fácil permanecer oculto de la policía en las tinieblas de la cancha mal iluminada por los faroles rotos. Ahí no falta la droga, el querido pasto, los pitos o macoña, como llaman a la cannabis sativa, que ellos mismos siembran en sus tristes jardines. Esta yerba, en la década pasada, era la droga más popular para los chicos del borde. Incluso su consumo llegó a ser aceptado por las madres y familias que no veían peligro grave en la inocente plantita. «Lo pone más tranquilo. Incluso yo misma me tomo un tecito de hojas cuando estoy muy nerviosa», decían las señoras regando la marihuana, que era lo único fértil que brotaba en los áridos jardines. Pero al llegar los noventa, la folclórica marihuana fue desplazada por las múltiples ofertas del libre mercado. Especialmente por la cocaína, que en un comienzo se repartió como un maná entre estos adolescentes para sembrar adictos. La propaganda de este consumo, manipulada por policías y traficantes, parecía decir: «El primero te lo regalo, el segundo te lo vendo.» Y resulta importante hacer notar este cambio de adicción entre los chicos drogos, que luego integrarían las barras bravas, especialmente porque su situación monetaria no les permitió asumir un consumo tan costoso como el de la cocaína. A cambio, y en reemplazo a la frustración de no poder acceder a esa droga de ricos, el mismo mercado puso a su disposición un subproducto de la misma blanca: la droga llamada pasta base, fabricada con excedentes de cocaína, más yeso, cal y otras basuras en polvo. Tal producto se fuma y se vende en cigarrillos a un costo de dos dólares en los suburbios de Santiago. Sólo para empezar y caer en la angustia de su cruel adicción, porque después del primer cigarro y su éxtasis que sólo dura unos minutos, viene un vacío depresivo que obliga a seguir consumiendo desesperadamente otro cigarro y otro y otro, hasta que se acaban las monedas y «la angustia», como le llaman a la pasta base, obliga a los chicos a robar, asaltar, matar para adquirir otra dosis, y así mantener por unos minutos la pequeña felicidad de su desespero.

Y todo esto ocurre en el solitario paisaje de la cancha futbolera, el mismo espacio grabado en el recuerdo de la dictadura, porque allí los milicos amontonaban jóvenes en los allanamientos nocturnos a mediados de los ochenta. Estos operativos de represión que sólo afectaban a los barrios bajos, según la dictadura para detectar focos de subversión, son escenas imborrables en la memoria de los pobladores, porque a media noche, de madrugada, cuando el vecindario dormía, el sobresalto de los altoparlantes los despertaba con la orden: «Éste es un operativo de allanamiento, se ordena a todos los varones de la población que a la cuenta de tres tiempos estén formados en la cancha.» Y allí nadie podía contradecir esa orden con metralleta en mano, porque las tropas con la cara pintada entraban a las casas, pateando puertas, quebrando ventanas, sacando a culatazos a los maridos, abuelos, niños y jóvenes, a medio vestir, en calzoncillos, trotando por la calle rumbo a la cancha de fútbol donde, formados en filas, los empadronaban golpeándolos cuando titubeaban al no recordar el número de su documento de identidad.

Por éstas y otras razones, el desolado eriazo de la cancha pareciera ser el punto de partida desde donde comenzaron las movilizaciones masivas de las barras bravas. Los suburbios de Santiago acunaron la fobia antifascista que dio una dura batalla en la dictadura, demarcando entonces un perímetro de resistencia a las botas con la guerrilla urbana que se manifestaba con el cerco de barricadas y bombas molotov que ardían en la noche de protesta. Las noches de oscuridad por los apagones generales que provocaban los jóvenes de 1986, arrojando alambres al tendido eléctrico, enfrentándose a piedrazos con la máquina militar. Siendo detenidos, torturados y humillados constantemente en las cárceles donde eran llevados en manadas, a golpes, sin ningún derecho civil que avalara estas razias. Son muchos los que cayeron en esta lucha por la esperada libertad. Son más los que gastaron sus cortos años en militancias clandestinas, paros estudiantiles, tomas de colegios, vigilias por los desaparecidos, ayunos y todo el esfuerzo humano que significó el regreso al sistema democrático. Ellos participaron activamente en las concentraciones y marchas por el «No», que a fines de los ochenta, hicieron tambalear la dictadura y a principios de los noventa, llevaron al triunfo a la concertación de partidos opositores al régimen.

CON LA DEMOCRACIA LLEGARON LAS BARRAS

El cambio político que tuvo Chile con la llegada del gobierno demócrata cristiano de Patricio Aylwin, apoyado por corrientes socialistas, para los muchachos de la periferia sólo fue una alegría pasajera, porque al correr el tiempo se develaron los amarres constitucionales y los aparatos de represión que la dictadura dejó intactos para custodiar probables desenfados sociales. Así, la policía, luego justificada por la democracia, incentivó la represión callejera dirigida especialmente a la juventud. Como una forma de venganza con los protagonistas de las protestas, los carabineros activaron la ley de detención por sospecha, realizando masivas detenciones en todo Santiago, pero especialmente a esa juventud excedente que dejó el traspaso político. Bandas errantes de anarquistas con pelos largos y vestimentas llamativas, grupos de esquina que tomaban alcohol y fumaban marihuana escuchando un partido de fútbol o un concierto de rock, eran apresados y formados en filas al grito de: «Todos contra la pared.»

En este clima de decepción, hicieron su estreno vandálico las barras bravas. Principalmente las dos más importantes: la Garra Blanca y Los de Abajo. La primera que se dice la más antigua y fundadora de este fanatismo neorromántico, es adherente al Club Deportivo Colo Colo, un equipo que lleva por insignia el perfil del cacique araucano Colo Colo, un personaje heroico que defendió el territorio mapuche durante la Conquista. Esta barra lleva en sí esta épica, y la escenifica en el contexto socio-político de quienes la componen: mayoritariamente jóvenes de la periferia que llevan en sus rasgos faciales la porfiada herencia mapuche. Se llaman a sí mismos «INDIOS PROLETAS Y REVOLUCIONARIOS», contradiciendo el típico arribismo desclasado de la actual sociedad chilena. Así, la Garra Blanca ostenta el orgullo de reconocer y asumir su origen humilde, lo cantan en sus himnos, lo escriben en sus graffitis, lo gritan en sus consignas, como una manera de hacer presente el sustrato más desprotegido por el modelo económico impuesto por la dictadura y sustentado por el neoaburguesamiento de la democracia actual.

«TE QUIERO ALBO, TE LLEVO EN EL CORAZÓN»

La Garra Blanca parte como tal hacia fines de los ochenta, pero fue en 1985 cuando diversos desajustes al interior de la barra oficial de Coló Coló, que por entonces se llamaba Quien es Chile, provocan la división de los hinchas, al parecer por desacuerdos generacionales. «Fue algo que se venía dando de a poco. En el grupo juvenil éramos como cincuenta. Digo entre comillas, porque a los de poca edad no nos tomaban en cuenta. Y como no podíamos participar en los carretes que hacían ellos, nos marginaban. Y dentro de esos marginados notábamos líderes, como el Guatón Jano, un compadre al que le gustaba decir garabatos y rompía con las reglas. Siempre tenía problemas con la directiva, hasta que un día lo echaron porque insultó a un dirigente, y al próximo partido él se puso al medio de la cabecera norte del Estadio Nacional, cantando solo, y nosotros lo seguimos. Ahí empezó todo.»1

Este primer grupo de chicos rebeldes, entre los que estaban el Snoopy, el Ángel y el Samuel, por cierto también tenían otras formas de celebración deportiva que se diferenciaba de las aburridas tardes del estadio en la barra tradicional. Por ahí corría una caja de vino, más allá humeaba un pito de marihuana, alguno gritaba «Muera Pinochet», incorporando la contingencia política a la consigna deportiva, y este loco desenfado fue creciendo hasta opacar a la antigua barra, que desapareció en el protagonismo noticioso de la Garra Blanca, nombre que ellos tomaron usando como referencia la Garra Negra del equipo Corinthians de Brasil. El resto se fue dando solo. Fueron perfilándose como movilización colectiva de jóvenes que llegó a juntar veinte mil personas adherentes a la consigna «Te quiero albo, te llevo en el corazón». Lo de albo viene del color blanco de la camiseta usada por el Colo Colo, contradiciendo irónicamente la propaganda de barbarie negra que cargan por los constantes desastres que ocurren después de cada partido. Graderías ardiendo, miles de palos, piedras y botellas que llueven en la cancha, decenas de autos con los parabrisas rotos, declaraciones por televisión de los dirigentes del equipo, culpando al extremismo izquierdista que infiltró el sano corazón deportivo de los binchas, el intendente de Santiago diciendo que el Club Colo Colo debería hacerse cargo de las millonarias cuentas por daños y perjuicios, pero los dirigentes del club contestan que no se hacen cargo de estas cuentas porque la denominada Garra Blanca opera más allá de los límites de su control. No los reconocen como barra oficial, más bien fueron expulsados de la hinchada que sigue al equipo. Entonces el enamorado fervor de los chicos garleros es un sentimiento huérfano que va por ahí con sus desmanes, es una fidelidad nómada que se resiste porfiadamente al empadronamiento que propone la Ley de violencia en los estadios. A cambio, ellos se reúnen clandestinamente en bares de barrio a planificar sus acciones. Ahí en el entierrado paisaje de la cancha que los vio nacer, organizan su estrategia de moverse en grupos fraccionados que se arman en cada barrio de Santiago; Los Killers, Los Incansables, La Río, Holocausto, Los Revolucionalbos, Los Ganster's de Cerro Navia, son algunos de los «colectivos de trabajo» que posee la Garra. Dicen colectivos de trabajo, siendo irónicos con la cesantía de sus miembros que cantan incansables: «Yo no quiero trabajar, no quiero ir a estudiar, no me voy a empadronar, quiero cantarle al albo todo el día, culiarme al chuncho (U. de Chile) y a la policía.»

El tema del empadronamiento de las barras fue una larga polémica que se dio por los medios de comunicación. Para que ellos aceptaran el fichaje de entregar nombres, fecha de nacimiento, cédula de identidad y domicilio, se les ofrecía todo tipo de regalos y garantías: materiales para renovar los antiguos lienzos maltratados en la lucha urbana, nuevos bombos para renovar el tam tam, que resuena como el corazón al centro de las barras bravas, un lugar bien identificado que sirviera de secretaría de los hinchas, apoyo económico para futuros proyectos, etcétera. «Como si fuéramos niños nos ofrecían juguetes por nuestra libertad», dice Erick, de la Garra Blanca, agregando que nunca aceptaron ser partes de ese chantaje. Total en todos estos años de clandestinidad, la Garra aprendió a moverse con sus escasos medios, juntando las monedas para reparar el bombo que se rompió huyendo de la policía, armando tocatas de grupos rock heavy metal, solidarios con la barra, preparando fiestas y poder sacar la revista Garra Blanca, la voz auténtica del alma garrera. Una publicación que lleva tres números, con un tiraje de tres mil ejemplares en papel couché, fotos a color, cuidada impresión, con el mínimo avisaje a un costo de seis millones que salen quién sabe de dónde. Seguro de cualquier movida pirata que manejan los chicos del borde, cualquiera, incluyendo saqueos y otros traspasos delictuales, menos vender el alma al mercado. Aunque en una ocasión aceptaron que Trofeos Mille les financiara un lienzo gigante de cincuenta metros. A cambio, debían poner la publicidad a los costados, pero ellos dejaron sólo la consigna barrista y eliminaron la propaganda con la excusa de que los pacos habían roto esa parte.

«MÁS QUE LA PATRIA, MÁS QUE LA MADRE, MÁS QUE UNA RELIGIÓN»

Pareciera que el callejeo filudo e ingobernable de la Garra Blanca, es la única filosofía que mueve las políticas infractoras de su errancia, llevando como ideología el deseo de triunfo deportivo de su equipo. Pero incluso más allá que el mismo equipo, la pasión barrista excede el fans club personalizado, para transformarse en un otro devenir múltiple de sociales deseos. «Los jugadores pasan y la barra queda», dice con algo de tristeza Erick, editor de la mencionada revista de la Garra, acentuando sus motivos de inestabilidad social que lo hacen estar allí. Como si en un momento hiciera un paréntesis en su fanatismo, para mirar más lejos y ver en el futuro cercano su calidad de sujeto no garantizado por el sistema actual, comparando quizás su mísera situación con la millonaria paga que reciben los jugadores del equipo de sus amores. El fútbol es una empresa transnacional que compra y vende sujetos como esclavos que saben mover las piernas, le comento a Erick. Me contesta que es cierto. «Pero es la única posibilidad que tienen algunos de salir del barrio y ser alguien en la vida. A nosotros nos cae bien Zamorano porque aunque está millonario y famoso, nunca olvida su clase.» Pero solamente son contados los chicos que llegan a primera selección, el resto sigue dándole al bombo en las galerías donde la Garra Blanca se hace presente con la espectacularidad de su transitorio montaje. Ahí, en la barra, en el perímetro organizado de su formación, son libres. «Es la única libertad que conozco», dice Erick, describiendo la estrategia grupal de atrincherarse en un solo lugar del estadio para protegerse de la agresión policial o de la barra enemiga. «Ahí soy otro», repite, narrando las mil maneras que usan para pasar de contrabando el alcohol y las drogas que arengan la fiesta. Porque a la entrada del estadio deben pasar por un control minucioso de manos policiales que los manosean y perros que los huelen mostrando los dientes. Pero igual pasan el copete en bolsas plásticas que ocultan en sus genitales. «Es lo único que no nos tocan», ríe Erick cuando recuerda que una vez de tanto saltar y apretarse en el grupo, la bolsa se rompió derramándose el alcohol (pisco) en su entrepierna, y fue tanto el ardor, que pasó todo el partido echándose agua en los baños.

Estas formas de piratear la pasión dionisiaca al interior del campo deportivo, también incluyen la identidad de los barristas que usan múltiples chapas, apodos o sobrenombres para nombrarse, y así escamotear la ficha punitiva del empadronamiento; se reconocen por el Víper, la Chica Sandra, el Palomo, el Rodilla, el Barti, el Jota, el Lucho o el Erick a secas, sin apellido, sin pasado, sin familia, porque su única familia es la pasión barrista que en las graderías encuentra su enamorado descontrol.

Los motivos de sus rabias y desastres callejeros son muchos, tantos como las biografías resentidas que viste la camiseta insignia de la barra. Y aunque todos coinciden con motivos de triunfo o derrota del equipo, agregan que también porque Pinochet ingresó al Senado en Valparaíso. Y ahí los vi una vez más, en la protesta masiva que estalló frente al Parlamento. Ahí estaban, con sus pasamontañas de combate, igual que el Subcomandante Marcos, pero movilizados en skateboard. Entre el humo de las bombas lacrimógenas, pasaban raudos tirando su artillería de piedras y encendiendo barricadas que inflamaron esa vergonzosa mañana en el puerto. Era difícil distinguir a qué barra pertenecían (a la Garra o Los de Abajo). En estos casos de refriega urbana, ellos ocultan sus rostros de la televisión y los fotógrafos. Tampoco llevan los emblemas del equipo, más bien hacen un pacto de no agresión en estas fechas contingentes, donde la memoria política los hermana en un solo motín de rebelión. Al igual que todos los aniversarios del Once de Septiembre, cuando se conmemora el golpe militar de 1973, y las agrupaciones de detenidos desaparecidos o ejecutados políticos marchan por las calles hasta el cementerio, las barras bravas son infaltables en el largo cortejo que cruza la ciudad, enarbolando banderas rojas, pancartas políticas y las fotos de los detenidos desaparecidos prendida al pecho de las madres huérfanas que perdieron a sus hijos. En este ritual de la memoria, los chicos barristas aportan su rebelión callejera cuando los escuadrones de policías atacan la marcha con sus gases lacrimógenos. Ante tal provocación, las dos barras se unen para contraatacar la repre. Y en el caos que provoca esta violencia uniformada, a veces los duros chicos barristas ayudan a las señoras que en la confusión han perdido un zapato. Ellos forman un escudo de contención en el Memorial (Monumento a los Detenidos Desaparecidos), para proteger a mujeres y niños del ataque policial, que año a año justifica un vocero de gobierno, declarando: «Carabineros actuó en legítima defensa». Por cierto, estas excusas hacen reír a los chicos barristas que en la refriega, acentúan los piedrazos contra la hipocresía oficial. En una oportunidad, cerca del cementerio, se encontraron con una tienda de zapatos Hush Puppies; un calzado para ricos por su alto precio, inalcanzable para los jóvenes pobres. Ellos no lo pensaron dos veces, y saquearon el lugar, dejando en la vitrina sus gastados zapatos rotos. En otra oportunidad, cuando regresaban de un partido realizado fuera de Santiago, aburridos del sopor del tren que los llevaba a buen destino, decidieron descarrilar el último vagón donde se encontraban. Y el tren siguió por la línea sin percatarse de que sus revoltosos pasajeros habían tomado otro rumbo. Tal vez para huir del ordenamiento que dirige el tránsito vehicular. Tal vez para ser dueños, por única vez, de un tren real. «Ellos, que de niños soñaron con el trencito eléctrico, juguete de la infancia rica, por esa vez tuvieron un tren de verdad, para irse a Disneyworld o Woodstock, alejándose de los tierrales secos de la pobla, de la ley pisando los talones y siempre arrancando, toda la vida en apuros de colegio, cárcel y hospital.»2

Tal vez en la lúdica agresión de ciertas acciones que ejecutan las barras, afloren resentimientos de clase que han marcado duramente el transcurso de sus pendejas vidas. Como niños grandes que juegan a bandidos justicieros, se adueñan de aquello que el Tercer Mundo les negó.

Otras razones que han detonado la rabia en los miembros de las barras se relacionan con injusticias raciales o segregaciones étnicas; como cuando se filmó el apaleo brutal a negros en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos, los chicos sintieron en carne propia la luma policial, y lo manifestaron en acciones de protesta. Al igual que frente al desalojo del pueblo mapuche de sus tierras en el Alto Biobío para construir una represa, la Garra Blanca, solidaria, organizó un masivo acto de repudio. Pero como ellos acostumbran escupir sus broncas, con mucho ruido de consignas, aullidos de trutrucas y violento metal-rock, el concierto llamado Festival de Resistencia Mapuche, congregó bandas rockeras de Chile y Argentina que pusieron su estruendo musical junto a la causa de los pueblos precolombinos. Allí estuvo A.N.I.M.A.L., Fiscales, Panteras Negras, Los Miserables, guitarreando su lenguaje tribal junto al discurso de Aucán Huilcamán, voz pública del Consejo de Todas las Tierras. Lo recaudado en las entradas fue en beneficio de esta agrupación. De esta manera, los chicos barristas irradian su política agresión, complicitándose con otras causas minoritarias. Y ellos ponen su corazón resentido junto a las víctimas del atropello neoliberal; el resto, soltar amarras de pasión y seguir al equipo dónde vaya, cómo sea, juntando las monedas y contratar un bus que sale de Santiago tambaleándose con tanto ebrio que canta con lágrimas en los ojos: «Yo nací en un barrio de fonolitas y cartón, yo fumé marihuana y tuve un amor/Muchas veces fui preso y muchas veces rompí la voz./ Atora en democracia todas las cosas siguen igual, nos preguntamos hasta cuándo vamos a aguantar./Ahora que soy de abajo he comprendido la situación, hay sólo dos caminos: ser bullanguero y revolución.»3

UN INCANSABLE GÜEVEO TRANSHUMANTE

Salvándose de los controles policiales, los buses de las barras trasladan su desacato púber a todo el territorio sudamericano. Por la enorme carretera sur llevan el ronco canto de su desencanto por los pueblos y ciudades que los ven pasar con cierto terror. Porque cuando el bus se detiene por falta de alcohol o comida, ellos se bajan a pedir, y si no les dan, arrasan con los Esso Market de la carretera, y dejan como prenda una bandera del equipo y el alfabeto prófugo de sus graffitis. Una escritura propia de la tribu barrial que mezcla trazos de signos góticos con letras filudas de la gramática rockera. Cruces invertidas y vocales de flechas, convocando satanismo y códigos precolombinos de lenguaje. Y todo este conjunto de jeroglíficos es la huella intraducible de su pellejo peregrinar. Por cierto indicios difíciles de leer para sus uniformados perseguidores. Sólo trazos, garabatos tiernos de su silabario sudaca, que incansable, tizna las murallas recién pintadas de la «democracia feliz».

Pareciera que en este gesto de rayar y rayar muros con la caligrafía profana de sus graffitis, ellos confrontaran críticamente el nuevo orden educacional del libre mercado, las políticas clasistas de las universidades y colegios privados que inauguró el modelo económico a los que no tienen acceso los jóvenes pobladores que no pueden pagar sus altas mensualidades. Pareciera que los rayados de las barras fueran signos que decoran la ciudad, conteniendo todo el desencanto que les dejó la transición democrática. Esta manera de hacerse visible en la limpia pizarra urbana, delata su estigma de chicos duros ajusticiados por un sistema, que antes de nacer, ya les tenía escrito su prontuario.

Así y todo, ellos son los únicos que se la creen destruyendo las señales del tránsito que encuentran a su paso, los letreros del PARE, SIGA, NO DOBLAR, DETÉNGASE, los echan por tierra y van trazando una estela pirata en la experimentación anárquica que afiebra el camino. Los barrios pudientes de la capital tiemblan cuando algún partido de fútbol se realiza en el estadio San Carlos de Apoquindo de la Universidad Católica, sobre todo porque días antes, las autoridades en seguridad declaran que han reforzado la protección policial a las casas de los ricos. Se lleva a cabo un costoso aparataje de represión, como si publicitando la prevención, se desafiara la batalla campal antes anunciada. Y así ocurre, así aparecen en la televisión las manadas de chicos esposados caminando cabeza gacha al retén policial. Pero no todos son detenidos; el resto, en enjambres de poética destrucción, se la cobra con los jardincitos, autos lujosos y toda la juguetería que ostenta la clase alta, el 1,8 por ciento de las familias chilenas que viven con ingresos mensuales de siete millones de pesos y más. Tanto contraste socioeconómico acentúa la ira de los jóvenes proletarios, que luego del vandálico deporte, desaparecen en la sombra cómplice que les brinda la urbe, regresan a su territorio al compás de sus cantos, con la melodía de sus himnos que rescatan viejas canciones del gusto popular y las rescriben con las demandas de nuevas letras. Así, las históricas marchas de la Unidad Popular que animaron la candidatura de Salvador Allende, vuelven a sonar como new cover de la vieja utopía. El conocido «Venceremos» resuena hoy como un eco fresco en el estadio Nacional, que fuera campo de concentración en los inicios de la dictadura. Pero ellos lo cantan sin nostalgia, sin repetir el triste optimismo de la arenga izquierdista. Sólo rescatan el hilo musical que ellos nunca entonaron en aquella lejana fiesta, que sólo les llegó en casetes prohibidos o testimonios de padres y familiares exiliados o detenidos después del golpe. Por esto, aunque la prensa oficial los acuse de alma negra, drogadictos, vagos y borrachos, los chicos del margen saben elegir a la hora de entregar su adhesión (no su voto, son muy pocos los inscritos en los registros electorales). Ellos vislumbran en la penumbra ingenua de su joven emoción, la memoria estropeada del país que los vio nacer, y la vuelven a experimentar con los avatares de su batalla cunetera.

Para el ojo punitivo del sistema, representan las ovejas negras que dan mal ejemplo a la actual juventud exitista, conservadora e idiotizada por la navidad consumista de los mall, shoping y centros comerciales del Miami chileno. Pero más bien, las pandillas barristas representan un excedente humano que altera la risa cínica del Chile triunfador. El Jaguar descalzo del Cono Sur, el experimento económico que traza sus macropolíticas como un ave Fénix sobrevolando la techumbre oxidada de la periferia, y el paisaje opaco de la cancha de fútbol donde los ángeles de suelas rotas amortiguan su chasconeado pasar.


NOTAS

1. Entrevista diario Las Últimas Noticias, 23 de marzo de 1997.
2. Pedro Lemebel, La esquina es mi corazón (crónica urbana), Editorial Seix Barral, 2001.
3. Himno de Los de Abajo (con música del «Venceremos»), Página Abierta, 2 de febrero de 1992.