miércoles, mayo 24, 2006

El Festival de Viña

De año en año, febrero, Viña y Chile son el Festival, el evento de música popular que reemplaza los carnavales que por estas fechas se dan en otros suelos de América Latina. Y debe ser porque este país, más blancucho y menos zandunguero, eligió la competencia comercial de la música para alegrar formalmente su descolorido verano. Sobre todo si este sencillo espectáculo se transformó en un megaevento donde viene a probar suerte la cabrería cantora del cono sur, los anónimos baladistas que llegan hipnotizados con el éxito monetario nacional, y esperan vivir el resto del año con las ganancias de su participación en el show. Si es que el monstruo les da la pasa. ¿Pero qué es el monstruo, qué es esa congregación de gente que más que las votaciones políticas levanta o destroza artistas según su estado de ánimo, según la propaganda de promoción que le arma el tráfico de la tele, las revistas de la tele, las copuchas de la tele, y toda esa faramalla mentirosa que cree manejar la opinión pública del país? Pero nada es tan simple, porque el público festivalero sabe que en cualquier momento del espectáculo puede ejercer su incontrolable desenfado, sobre todo la galería encaramada en el cerro. Por eso año a año se necesitan más pacos para mantener a raya a la manga revoltosa que pifia sin miedo lo que no le gusta, el bochinche popular que aplaude, baila y corea lo que ama. Entonces, la opinión gritona de esta barra es un cómputo en vivo y en directo de lo que es Chile, de sus afectos sentimentales o sus rencores que hacen sudar al animador, el inolvidable canoso que junio al director de orquesta se quedaron piola, haciéndose !os lesos después que llego la democracia. Quizás estos personajes son los únicos que recuerdan otros festivales más reaccionarios, donde los cantantes que amaban el perfume de los bototos eran los únicos invitados,, los favoritos del régimen, más uno que otro cómico que cuando se salía del libreto lo cortaban con el "Vamos a comerciales".

El populoso Festival de Viña, más que una tarima musical, también ha sido un escenario donde la situación política del país se ha reflejado a toda pantalla. Así, se ha hecho costumbre descubrir en la platea a algún político taquilla en tenida sport, moviendo la panza al compás de la orquesta. Así, promueven sus campañas pasando por "juveniles cuarentones buena onda". También algún ministro y hasta el mismo presidente han llegado a la Quinta Vergara enfamiliados, con niñi-tas, pololos de las niñitas, primos y amigos, representando la foto familiar de la Patria Feliz. Han llegado planificadamente de sorpresa, justo cuando la orquesta entona los acordes de la canción nacional a todo tarro, para acallar la rechifla de la galería. Algo de esto ocurrió en 1974, en el festival realizado después del golpe. En medio de un blindado batallón de seguridad, Pinochet llegó con su capa de vampiro pisando fuerte. ¿Y quién se iba a atrever a mirarlo feo? Sobre todo en Viña, que fue la ciudad que más apoyó el golpe. En esa oportunidad la cantante española Mari Trini, seguramente franquista, le rindió un emocionado homenaje al dictador, tirándole una rosa blanca que al caer en sus manos se manchó de sangre. De ella nunca más se supo, y el olvido fue un merecido pago a su tenebrosa adhesión. Como la del cómico Bigote Arrocet, que en el mismo festival y aprovechándose de la reciente muerte de Nino Bravo, interpretó la canción "Libre", del fallecido cantautor español. De rodillas y con lágrimas en los ojos, el oportunista Bigote Arrocet, hizo de esa balada el himno triunfal de la dictadura, la marcha gloriosa de la masacre, que después adaptaron marcialmente los orfeones militares. Seguramente por este desatino, el cómico se fue de Chile con su chabacano "Juístete, juístete y por suerte no gorviste".

Así, este circo viñamarino ha retratado la historia política y cultural del país en todos estos años. Por el anfiteatro veraniego han desfilado los Iglesias, los Rodríguez, los Raphaeles, los Chayanes y toda la fauna de la música comercial y su aguado discurso amoroso. Porque el festival privilegia el ritmo y las letras que no dicen nada, fue el caso del grupo Police que lo pifiaron, a diferencia de otros bellos tontorrones que se llevaron la gaviota y el recuerdo de los aplausos y las antorchas estrellando la noche. El triunfo o la derrota tienen algo de impredecible en este escenario, pero las ausencias y las censuras son cálidamente ovacionadas por la galería. Así, figuras largamente esperadas en la Quinta, tuvieron su noche de emoción. Fue el caso de Mercedes Sosa, Illapu, Serrat, Los Prisioneros y Patricio Manns, con quienes la democracia saldó su deuda en el escenario de la Quinta. Pero fue sólo el gesto, porque luego el evento musical retomó su mercado bailable. El negocio cancionero que une al país por las pantallas de la tele, con los mismos huasos de ballet en la coreografía inaugural, con los mismos humoristas que hacen de la imitación a Pinochet casi un gesto de cariño, en lo imitado siempre hay admiración, reivindicación, lavado de memoria y cuenta nueva. Más bien un país nuevo, casi instantáneo, que despliega cada febrero el cacareo orgulloso en su noche de anfetaminas y festival.